Lágrimas de mi cielo.

Llueve, y estoy triste. Llueve, y el cuerpo me duele. Llueve, y casi no quedan lágrimas. Mis ojos rebeldes se atreven a mirar en soledad. Por debajo del pañuelo el cuerpo, a pura sangre, y dolor, y gritos, y angustia, exhuda una tregua. Llueve, y dejo de existir.

 Llueve, y me arrepiento; llueve, y oigo violación; llueve, y un bebé grita; llueve, y una madre se desespera.

 Me destapo los ojos, y la lluvia que no para. En un rincón: agua. Y un yuyo, que abre las venas de concreto, crece; y lo dejan crecer. Tan pequeña y cruel se alimenta del vapor de mi carne. Llueve, o creo que llueve.

 La humedad crece, y creo que los días pasan. La picana hace recordar mas de lo hecho. El verde amigo me mira impune, desea que vuelva a llover; y yo, poder crecer.

 El entorno asfixia, y el aire sangra, se quiebra. Estoy desnudo, enfermo, tengo frío. Y pienso, siento. Y veo, aveces, como las paredes lloran. Imploro la vida, o la muerte. Llueve, y tal vez nunca vuelva a salir.

 Llueve, y nunca volví a casa. Llueve, y el yuyo crece. Llueve, y grito. Llueve, y sufro. Llueve, y me muero. Llueve, y desaparezco. Llueve, y estoy triste.

Matías T. P. Leiva

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