El más sagrado nombre.

 Estaba y está, él y su nada. Él, que es nada; el que es nada. Y allí su ser todo, y vacío. Infinitamente pequeño, inimaginablemente infinito. Miró a su alrededor, y solo el azul profundo, del vacío más homogéneo, habitaba y era, el principio de la creación. Se contempló sin ojos, y en eterno presente estático; y vió, que él era el contemplador, la contemplación y el contemplado; en él y no. Y dijo, al fin: Yo Soy.

 Y de un punto de su ser y no ser, una luz brilló, acompañando al verbo. Parió dualidad. Y un anillo, siempre en expansión, protegió el umbral.


 Como el fugaz pensamiento de una mente aún no nacida, el universo se fue creando, expandiendo, ordenando, dividiendo; siendo el vacío el principio y finalidad.


 Millares de años luego, la tierra apareció en el mapa celeste, deshabitada, vacía. Otro puñado de millones de años luego, el ser humano pudo reconocerse desde la heterogeneidad de la creación, y repetir, incansablemente el verbo del ser, del comienzo; reconociéndose con un objeto extero, cuya escencia es vacía. Y los universos sonríen orgullosos al ser llamados, y responden obedientes, al verbo de sus hijos, creando millones de microuniversos, que buscan autodestruirse y volver al seno, al vacío.

Matias T. P. Leiva

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