Algo así.
"Porque es dando que se recibe,
perdonando que se es perdonado,
muriendo, que se resucita a la vida eterna".
San Francisco de Asis.
Me acomodo expectante, esperándo cómodo entre el palpitar de mi corazón. Me relajo, me adormito, y nada mas escucho que el sincronizado, sereno y armonioso marchar de mi metrónomo fibroso. Pero es extraño, mi sentir se agudiza, mi atención se concentra: un suave murmullo emcuentra lugar entre latido y latido.
Agradable no lo define, pero se aproxima; como la soltura luego del orgasmo; como la satisfacción de un encuentro puntual; como el sorpresivo beso en la soledad; así, o aproximado, es aquel sentir.
Dejo de percibir todo sonido ajeno, y el murmullo se aclara, la sensación se incrementa. Es como estar en una hoguera, rodeado por lenguas de un fuego vivo, pensante, que no calienta, pero quema y consume todo mi odio, recuerdos, mentiras, falsedad, brutalidad; como ser elevado al aire mas puro e inocente por una mano dulce y suave como el terciopelo; como olvidar.
La sensación persiste hasta dejar de pensar, el último recuerdo, el último prejuicio, el último deseo, el último apego, se esfuma y quedo vacío.
Todo se esclarece: entre latido y latido logro reconocer tu voz. Me fundo al vibrar por tu armónico sonar en la homogeneidad, quitándome el nombre, el orgullo; y nos hacemos uno, me haces uno, diminuto, y dejo de existir mientras mis párpados se abren y, por primera vez, puedo ver.
Matias T. P. Leiva.